Fragmentos de mi última novela, El hombre de espíritu de fuego

El hombre de espíritu de fuego de [Herguedas Verdía, Lucía]

SINOPSIS: Todos estamos hechos de fuego, aire, agua y tierra y en cada uno se manifiestan en diferentes proporciones. En Hibris destaca el fuego, lo que le hace apasionado, impulsivo y entregado. Hibris se enamora de una chica de otra tribu, cuando los matrimonios entre tribus distintas están prohibidos. Su pasión le impele a luchar contra las injusticias de las tradiciones anticuadas y machistas de su tribu.
Esta es la historia de un hombre, una familia, una tribu, un amor prohibido, una guerra, una lucha entre razas, una rebelación contra las tradiciones injustas y sin fundamento; la historia de un hombre de espíritu de fuego que batalla contra los obstáculos del destino.

 

Soy de la tribu de los Fimu desde que nací. Mi familia ha pertenecido a ella desde que el mundo existe. La sangre de mi estirpe es pura, nunca ha habido mezclas con otros pueblos. Es una tradición inquebrantable que mi padre siguió, y mis abuelos, y mis bisabuelos y tatarabuelos y sus respectivos antepasados. Mi madre me repetía todos los días que había de ser digno de mi estirpe y conservar la pureza de mi sangre tal y como lo hicieron mis antepasados antes que yo… Tras tantas generaciones de tradición no podría ser yo el estúpido que me casase con una hembra de otra tribu que interfiriese en nuestra sangre pura.

 

Y cuando llegué al río, la vi.
Estaba con su abuela y sus primas al otro lado del río, lavando la ropa mientras se hacían bromas entre ellas y se salpicaban, jugando en lugar de tomarse en serio el deber. La abuela, de piel arrugada y tan negra como las sanguijuelas, les pegaba en la nuca para corregir su conducta.
Me quedé paralizado junto a la orilla, con el cesto aún en la espalda y los brazos colgando como si fueran anguilas muertas, incapaz de respirar ni recordar qué hacía allí.
Durante un segundo su mirada se cruzó con la mía, y mi corazón se convirtió en un tambor, tan rápido y fuerte como los que tocan los guerreros las noches de luna llena junto a la hoguera en el centro del poblado. Tenía unos ojos tan claros como el mismo río , con idénticos reflejos verdes como los de los árboles en la superficie del agua en continuo movimiento. La piel más clara que la gente de nuestra zona del mundo, del color de la miel deslizándose sobre un cuenco.Su pelo recogido era tan negro como la noche que todos los días contemplo con mi madre, adornado con cientos de flores de los colores del arco iris.
Cuando me di cuenta de que me miraba instintivamente retrocedí un paso, y entonces tropecé con una piedra y me caí sobre las posaderas al mismo tiempo que la cesta se me caía y salía rodando unos metros. Más grande fue la vergüenza y el susto que el dolor. Casi sin pensar lo que hacía, me levanté más rápido que el viento y salí corriendo escapando de las risas de las chicas, y tan grande era mi vergüenza y mi miedo que dejé la cesta con la ropa junto a la orilla.
Ese día no volví a casa después de salir de la herrería, hasta muy entrada la noche, y no comí ni bebí en todo el día. Estuve sólo encogido como un animal moribundo en mi escondite de la selva. Es mi sitio, donde nadie me molesta, donde puedo estar sólo con mis pensamientos. Lo había descubierto años atrás, una tarde jugando a explorar, y no se lo había enseñado a nadie. Me había parecido un lugar tan especial que quería que fuera solo para mí. Se trataba de una pequeña cueva cuya apertura estaba bajo las raíces de un árbol, poco visible porque estaba tapada por la maleza. No quería volver a la aldea porque sabía que se me vería la vergüenza en la cara, y porque sabía que padre me iba a castigar por olvidarme la colada de la herrería en el río… Pero no tenía fuerzas ni ganas para ir a buscarla.
Pasé horas y horas acurrucado allí, pensando en ella a cada segundo, en cada respiración y en cada latido, y sus ojos claros estaban tan definidos en mi memoria que creía verla delante de mí, como si se me apareciera como un espíritu para burlarse de mi.
Y tal y como esperaba, cuando volví a la cabaña familiar, madre me gritó por llegar tan tarde y haberlos preocupado, y padre me pegó con el cinturón de cuero en la espalda. Mi hermana Luna lloró cuando grité de dolor… Pero soñé con la muchacha del río y estaba contento.

 

—¿Qué haces aquí? Este es mi escondite secreto.
No había reconocido la voz, pero era femenina. A pesar de que estaba invadiendo un territorio ya con dueño, el tono de la voz no tenía ningún reproche ni enfado. Solo sorpresa, como si la desconocida pensara que solo ella podía encontrar el lugar.
—Lo siento, solo quería estar solo un rato —respondí enseguida, incorporándome y buscando el origen de la voz. Una cara conocida se asomaba entre las hojas naranjas.
—Yo también vengo aquí cuando quiero estar sola —era Cale. Me sobresalté durante apenas medio segundo al reconocerla, al tenerla tan cerca. Creí que había perdido la habilidad de hablar, pero conseguí tragar saliva y continuar la conversación. Contrariamente a lo que se pueda pensar, me encontraba bastante relajado. Y aunque imaginara en otro momento tenerla tan cerca me habría provocado zumbidos en los oídos, temblor en las manos y sudor en la espalda, seguía tan tranquilo como antes de haberme dormido. Quizás se debiese al ambiente del lugar, que tenía un tinte casi sagrado, o a que su aparición parecía casi un sueño y no me creía de todo que estuviera viviendo aquello.

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