OS PRESENTO MI ÚLTIMA NOVELA, EL HOMBRE DE ESPÍRITU DE FUEGO, PUBLICADA POR TEMPUS FUGIT

¡Buen domingo a todos!

Hoy os traigo unos fragmentos y la sinopsis de mi última novela, publicada por Tempus Fugit.

Estoy contentísima con la experiencia con esta editorial, desde el primer día fueron atentos, amables y muy profesionales. Me iban informando de cada paso en el proceso de corrección y edición, e incluso me mandaron una imagen de la portada para que les diera el visto bueno. Veréis que es impresionante; el fondo destaca perfectamente con la silueta de Hibris en negro; los colores van acorde con el título y el argumento, no podría ser más perfecto. Y qué decir de la tipografía, con sus detalles imitando las llamas del fuego.

 

SINOPSIS: Todos estamos hechos de fuego, aire, agua y tierra y en cada uno se manifiestan en diferentes proporciones. En Hibris destaca el fuego, lo que le hace apasionado, impulsivo y entregado. Hibris se enamora de una chica de otra tribu, cuando los matrimonios entre tribus distintas están prohibidos. Su pasión le impele a luchar contra las injusticias de las tradiciones anticuadas y machistas de su tribu. Esta es la historia de un hombre, una familia, una tribu, un amor prohibido, una guerra, una lucha entre razas, una rebelación contra las tradiciones injustas y sin fundamento; la historia de un hombre de espíritu de fuego que batalla contra los obstáculos del destino.

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COMPARTO ALGUNOS FRAGMENTOS DE LA NOVELA:

Mi nombre es Hibris, y esta historia comienza cuando tenía quince años.

Soy de la tribu de los fimuanos, mi familia ha pertenecido a ella desde que el mundo existe. La sangre de mi estirpe es pura, nunca ha habido mezclas con otros pueblos. Es una tradición inquebrantable que mi padre siguió, y mis abuelos, y mis bisabuelos y tatarabuelos y sus respectivos antepasados. Mi madre me repetía todos los días que había de ser digno de mi estirpe y conservar la pureza de mi sangre tal y como lo hicieron mis antepasados… Tras tantas generaciones de tradición no podría ser yo el estúpido que me casase con una hembra de otra tribu que emponzoñase nuestra sangre descendiente de héroes.

Las leyendas de nuestro pueblo cuentan muchas historias de héroes antiguos de mi estirpe. Todos en la aldea me conocen porque soy Hibris de Fimu, hijo de Aner, sangre de la sangre de los valientes Hercles, Trodes, Teos, que con sus hazañas y sus vidas de gloria se ganaron un renombre que aún llega hasta hoy y perdurará para la eternidad.

Sus nombres están escritos en las estrellas. Madre todas las noches se tumbaba en la tierra seca mirando hacia la bóveda celestial, y yo a su lado. Me enseñaba los dibujos del cielo que surgen en la noche y las historias de nuestros antepasados, cuyos espíritus ascendieron y se transformaron en estrellas. No había noche que no nos acostásemos sobre la Tierra Madre y no contemplásemos la oscuridad cóncava llena de puntos luminosos. A veces me hablaba sobre héroes de otras estirpes y otras aldeas, pero la mayoría de las ocasiones me contaba las hazañas de Hercles, Troes y Teos.

Amaba a Cale, aunque no supe su nombre hasta muchos días después de haberla visto por primera vez. Soñaba con ella día y noche, me imaginaba mil historias sobre qué le diría cuando me presentase formalmente; me asomaba una sonrisa tonta al recrear en mi mente cómo ella se declaraba y me pedía matrimonio. Y entonces la ilusión se me iba al saber cómo reaccionaría mi familia. Mi madre ya no me miraría a los ojos, y mi padre no me dejaría dormir dentro de la choza familiar. Si Cale y yo tuviéramos descendencia, enseguida se ocuparían de tirar a nuestros hijos desde lo alto de un acantilado. Qué deshonor traería a mi familia si rompiese la pureza de nuestra sangre con una mujer ajena a nuestra tribu. Ninguno de los héroes antiguos de nuestras leyendas jamás habría escogido esposa de fuera de la tribu fimuana.

Pero a mí no me importaba.

Los hombres y mujeres son parte de la naturaleza, porque los dioses han hecho hace tiempo un pacto entre ellos para firmar la paz. Dieron una parte de sí mismos para que entre todos construyesen algo que tuviera una pequeña parte de cada uno. Los hombres están hechos de agua. Sin beber no pueden vivir. Tienen aire, y sin respirar mueren. Tienen tierra en sus carnes, y por eso forman parte de ella cuando mueren y se alimentan de sus frutos. Y tienen fuego en sus corazones, y por eso su sangre es caliente. A veces los sentimientos hacen que alguna de esas partes prevalezca sobre las demás. —Nos detuvimos junto al pozo de la plaza—. Cuando el hombre está triste el agua es más fuerte que las demás partes y por eso llora. —Rajé con los dientes un trozo de mis propias ropas, y lo empapé en el agua del pozo. Escurrí el paño improvisado hasta que solo quedó húmedo, y lo apliqué en la barbilla de madre.

El agua también alivia la sed del hombre y apaga el fuego de su corazón —dije yo.

Luego madre se agachó y cogió un puñado de tierra.

Cuando el hombre muere su cuerpo se descompone y forma parte de la tierra. Cuando está satisfecho y feliz, la tierra predomina en él sobre los demás elementos.

Estiró los brazos como si quisiera abrazar el aire.

Cuando el hombre se siente libre de cargas espirituales el aire reina en su cuerpo. Cuando muere, su espíritu se mezcla con el aire.

Y si la ira lo posee, el fuego es lo que domina en su interior —completé yo.

Sí, pero el fuego no es solo ira. También es pasión, es amor. Es la calidez de la familia, el cariño de un abrazo. El amor por un hombre o una mujer. Pero si el fuego es demasiado grande, quemará la tierra y sus plantas, hará evaporarse el agua y calentará el aire hasta que queme en los pulmones —iba explicando ella, mientras emprendíamos el camino de regreso a la plaza. Entendía qué quería decir y me atreví a continuar su historia.

También el agua torrencial puede arrasar los bosques y las aldeas y destruirlo todo. Y puede apagar el fuego que nos calienta en invierno.

Así es —afirmó madre.

El fuego calienta el agua demasiado fría. El agua apaga el fuego que es demasiado grande y provoca peligro. El viento muy fuerte puede provocar tormentas y huracanes, pero también arrastra las nubes para darnos lluvia, y da fuerza a las velas de los barcos, arrastra las semillas de las flores y hace que nazcan otras nuevas. La tierra puede moverse y crear terremotos, la tierra puede apagar el fuego y controlar los focos de agua, y las montañas protegen del viento.

Tal como ocurre en el mundo, ocurre en los hombres. Debe haber un equilibrio entre sus partes.

Comprendo.

Ahora deberás aprender a controlar tu aire, tu fuego, tu agua y tu tierra. Cuando lo logres serás un hombre que merece el respeto de sus semejantes —anunció madre.

Éramos los mejores en las clases. Todo el mundo nos admiraba y nos felicitaba, y a veces nos pedían ayuda y consejo. Me sentía henchido de orgullo recordando mi primer entrenamiento, que tan mal resultado había tenido, y comparándolo con lo mucho que había avanzado. Entonces había pensado que no había nacido para aprender a luchar, que todos tenían suficiente capacidad menos yo, y que nunca lo iba a conseguir. Cómo había cambiado mi actitud… cómo había influido esta en mi mejoría… Así aprendí por propia experiencia que realmente el esfuerzo tiene premio, que uno no debe parar de intentar ser mejor en lo que sea aunque no consiga alcanzar sus metas. El camino es lo importante, no el destino: aprender de los demás con humildad y respeto, no dejarse vencer por los obstáculos e insistir. Luchar por lo que amas.

No se me olvidaba que me entrenaba para un día enfrentarme a la injusticia. Estaba convencido de que existían más formas de injusticias que las que había presenciado en la aldea, y que la palabra, arma que había usado hasta entonces, no iba a valer para todas ellas.

Cada vez que cerraba los ojos y me dormía tenía pesadillas. Se me aparecía en sueños el esposo de Cale con la cara carbonizada, estirando unos brazos negros y llenos de hollín para atraparme y llevarme con él hacia las llamas. Abría una boca de dientes negros y gritaba mi nombre con una voz venida de otro mundo, ronca, como hecha de piedra o metal. Y sus ojos eran lo que más miedo me daba, llenos de ira, rencor, miedo y dolor por lo que le había hecho. Yo intentaba huir de él, pero me perseguía allá donde fuera, arrastrándose como una serpiente por la tierra, o deslizándose en el aire como una pluma llevaba por el viento. En mi huida siempre hacía el mismo recorrido: desde la plaza de la aldea hacia el mar, sin parar; luego repentinamente sentía que el mundo se curvaba bajo mis pies, se convertía en un circuito circular y me obligaba a volver a la aldea. Y a lo lejos escuchaba a Cale gritando que la ayudara, pero yo estaba demasiado ocupado huyendo del fantasma para poder prestarle atención a ella.

Con el paso de las semanas llegaban más extranjeros que huían de sus hogares buscando protección en el norte. Cuando salíamos de nuestra alejada casa en el bosque y caminábamos hacia el pueblo, nos cruzábamos con familias enteras de pies y caras sucios y ropas estropeadas. Había quienes también huían en solitario. Muchos nos saludaban, otros nos preguntaban si iban en la buena dirección. Unos jóvenes, otros viejos, pero todos con caras de cansancio, o de miedo. Todos buscando la protección de las murallas, de las montañas y la tupida vegetación.

Las calles estaban llenas de forasteros que no sabían a dónde acudir para encontrar lecho y comida caliente. Las posadas estaban completas, y pocos vecinos tenían todavía habitaciones libres para alquilar. Los establos y pajares se convirtieron en lechos provisionales compartidos por varias familias. En todas partes había un continuo entrar y salir de gente de todas edades pidiendo un trabajo para mantener a la familia, por muy mísero que fuese. Pero no había suficiente empleo para todos, y en pocos días ya había mendigos por las calles, o gente que se peleaba por la basura que tiraban los vecinos. Varias familias al completo, que habían llegado sin moneda alguna, debían descansar sus pies doloridos en la suciedad de las calles, sin tener opción a techo alguno ni a lecho donde recuperarse del viaje. Me dolían las miradas vacías de los niños hambrientos tirados en mitad de la calle o a la puerta de una taberna.

Los vecinos no paraban de quejarse de la delincuencia creciente, provocada por gente desesperada por comer y sobrevivir, e incluso de la proliferación de ratas, pulgas y piojos. Los más sensibles iban por el pueblo tapándose la nariz con un pañuelo perfumado, para evitar las náuseas provocadas por la peste de cientos de familias y vagabundos sucios.

Los soldados debían patrullar día y noche para evitar las contiendas y asegurar una relativa paz. Organizados por parejas que vigilaban durante medio día la misma calle, iban y venían a paso lento, aburridos unos y otros asqueados también. Terminado su turno, eran sustituidos por otra pareja con la misma mala cara y las mismas malas ganas de aguantar los quejidos de los vecinos y los ruegos de vagabundos y extranjeros. Algunos, los más desesperados, se lanzaban a sus pies mendigando migas de pan, y no recibían más que patadas o insultos.

Tras marcharme y dejar vuestra aldea seguí mi vida nómada, yendo de aquí para allí, ganándome la comida transmitiendo mis conocimientos de lucha y haciendo actuaciones de acrobacia y danza. Cuanto más al sur viajaba, más rumores me llegaban acerca de la guerra, hasta que llegué a una ciudad que había sido atacada por los bárbaros. Hablando con los supervivientes logré saber que los bárbaros estaban moviéndose cada vez más rápido y atacaban a los granjeros y urbanitas con más frecuencia y fiereza, incluso a los que se rendían cuando los veían llegar. Nada puede detenerlos ni vencerlos. Todas las poblaciones han caído bajo su yugo, e implantaron su dominio tiránico y abusador. Tratan a los conquistados como esclavos, y cuando no están viajando o atacando nuevas ciudades, están descansando en sus nuevas conquistas rodeados de cerveza y riquezas, borrachos día y noche, violando a mujeres y azotando a los niños. A los hombres suelen asesinarlos a sangre fría, aunque no supongan ninguna amenaza, y solo dejan vivos a los que tienen alguna habilidad especial para entretenerlos o servirlos, como juglares, actores, acróbatas, poetas, cocineros, panaderos. A los médicos también los dejan vivos, son listos y saben que los necesitan, pero los tratan como a esclavos y los azotan si no curan una herida o enfermedad lo suficientemente rápido. También dejan vivo algún agricultor y ganadero para que los mantengan. A los más ricos los eliminan y se quedan con sus propiedades. Las reparten entre los guerreros más fieros y entre los que cuentan con más muertes en sus manos.

»Entre los bárbaros no hay una jerarquía establecida. Siguen al líder, que es el que más poder físico tiene y al que más temen. Las peleas entre ellos son frecuentes, y suelen acabar matándose unos a otros. Se llevan consigo a sus mujeres, que pelean de igual manera que sus hombres y asesinan sin parpadear con la misma violencia y frialdad. Sus dioses no son los vuestros. Adoran al rayo y al trueno, al metal y a la guerra. Su felicidad está en la batalla, en la sangre y en la conquista, en el oro, las mujeres y los esclavos, en la comida abundante y la bebida.

Mientras pensaba en aquello, una treintena de bárbaros salió de entre los árboles portando banderas blancas. Los vigías dieron la alarma y el comandante decidió subir a las almenas. Los bárbaros iban desarmados, con las manos en alto pidiendo clemencia; anunciaron a gritos que solo querían recoger a sus muertos y a los heridos.

Les permitimos hacerlo mientras los mirábamos con orgullo y desprecio desde las almenas. Se llevaron a los heridos en parihuelas improvisadas. Apilaron los cadáveres en dos grandes montones, a los pies de nuestras murallas, y los quemaron allí mismo apestándonos con el olor de la carne abrasándose. Era una forma de atemorizarnos, de atacar nuestra moral. Pero yo no lamentaba sus muertes. Las tenían bien merecidas por su arrogancia y codicia. Los dioses parecían estar de nuestro lado, por el momento.

En cuanto se retiraron, de nuevo regresó una aparente calma, y el cielo nos mostraba las estrellas. La luna llena iluminaba las piedras de la muralla, los restos de sangre en la hierba, las armaduras y espadas de nuestros soldados y las pinturas en el rostro de mis compañeros.

Me introduje entre los dos combatientes cuando se detuvieron entre movimiento y movimiento a recuperar el aliento. Grité para que todos me oyeran y no hubiera dudas sobre mis deseos:

¡Me uno al reto! ¡Te desafío a muerte por tu puesto como jefe de la tribu!

Me sentí el centro de atención, los guerreros y los enemigos mostraron asombro ante mi aparición, surgieron murmullos por doquier. No supe descifrar si dudaban de mis posibilidades o admiraban mi gesto. El bárbaro escupió a mis pies.

¡Dos contra uno! ¿Eso es honor para vosotros? ¡Pero que no se diga que me dais miedo! Venciendo a dos contrincantes afianzaré aún más mi poder y el respeto de los míos. ¡Esta pelea pasará a la historia, hablarán de ella los hijos de nuestros hijos, y los hijos de los hijos de vuestros hijos! ¡Nunca se había retado a un jefe por dos individuos a la vez! —soltó otra carcajada—. ¡Menudo honor me espera, gracias a vuestra estupidez! ¡Hasta los dioses me temerán!

¡El Fuego protege a Hibris! —gritó alguien—. ¡Ya lo hemos visto! No dejará que muera bajo tu espada.

¡Teme tú a los dioses! ¡Nadie osa ser más poderoso que ellos! —sonó otra voz anónima.

¡Seguro que han escuchado tus palabras y se han sentido insultados por tu vanidad! ¡Pagarás por lo que has dicho!

Los bárbaros protestaron y agitaron sus armas, ofendidos por los insultos a su jefe.

¡Hacedlos callar! —vociferó el aludido, herido en su orgullo, ordenando con un gesto a sus hombres que reanudaran el combate.

Así, el movimiento regresó al campamento, el silencio murió con el golpear de espadas, de puñetazos, gritos de dolor, salpicaduras de sangre… miembros con los huesos rotos, miembros cercenados, un hombre con el cráneo levantado como una tapa, a uno le faltaba la nariz, a otro un pedazo de oreja.

Nosotros también reanudamos el combate. Cale y yo atacamos a la vez uno por cada flanco, y el bárbaro tuvo que retroceder para evitar nuestras espadas. Tropezó con las cuerdas tensas de una pequeña tienda y cayó al suelo. Pero se repuso y se hizo con el hacha de un cadáver tirado a su lado. Ahora poseía dos armas para enfrentarse a nosotros, una para cada mano, una para cada enemigo.

Pero solo tenía una mente y un corazón, así que no tuvimos miedo.

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